Esta maravilla de especia, el sumac, la conocí en Turquía y allí es donde la compré, en el Bazar de las Especias de Estambul. Se obtiene del Rhus coriaria, un arbusto silvestre, que crece en algunas zonas del Mediterráneo y especialmente en Medio Oriente. También se lo conoce con el nombre de zumaque y los frutos conforman un ramillete de semilla color rojo intenso.
El sumac destaca por sus propiedades antioxidantes, que provienen del ácido gálico que posee en fruto, y su alto contenido de taninos. Aunque por su color podría pensarse que es picante, no es así. Brinda un sabor ácido en boca que recuerda al limón, sin llegar a ser tan astringente, por lo que puede usarse como sustituto de éste en gran cantidad de comidas.
Estoy tan encantada con el sumac que lo adiciono a varios platos que elaboro: a las ensaladas, a piezas de pollo y de pescado, lo pongo también en el chimichurri que se utiliza como adobo para carnes rojas del asado o barbacoa. También lo agrego, al igual que la sal y la pimienta, sobre un plato de rodajas de tomates y/o cebollas y para realzar el sabor de algunas tapas (y además colabora en la decoración del plato).
Nota: no confundir este sumac, que es de uso culinario, con el zumaque venenoso, ya que este último proviene de otra especie: Rhus vernix, que se cultiva en Estados Unidos y Canadá.